Existió Barfly, un gato.
Su piel era la de un tigre y su corazón el de un oso holgazán. Rondaba en las noches, taciturno, por la terraza de la familia Enríquez.
Se sabía que esperaba siempre, a las once, a otro grupo de gatos: unos de pieles exuberantes y diversas que acostumbraban entonar distintas canciones alrededor de la cuadra.
Ellos en la azotea, Barfly siempre abajo. Los alejaba un enorme muro que se extendía inmenso, hacia lo alto. En orden descendente estaban siempre: la luna, los gatos y él. Era imposible salir de su hogar. ¿Para qué dejarlo salir?, repetían constantemente los miembros de la familia. En su morada tenía siempre esquinas cálidas, alimentos jugosos y rincones afelpados.
Aún así, a las once, entendía un poco de la vida. Los amigos, cantaron siempre para Barfly, sonetos que hablaban de gatas bellísimas y pájaros suculentos. Poemas que revelaban hazañas inimaginables de gatos dotados que saltaban como tigres, arriba de las verdes montañas.
Un día, en un rincón oscuro y húmedo apareció un hada. Le dijo al felino: toma esto. Colócalo en el lugar que siempre has querido cambiar.
En las rosadas patitas de Barfly, aparecieron cuatro semillas.
Esa noche, Barfly, sin pensarlo, esperó a que sus amigos llegaran. Había luna llena.
Llegaron cuatro gatos relucientes a la orilla de la azotea. Esa noche cantaron una canción triste. Quizá tenían ganas de saber cómo realmente olía su amigo. Cómo desgarraban sus uñas, cómo corría por las noches de casa en casa, cómo robaba alimentos, cuál era su estrategia al cazar pajarillos.
En medio de las tristes canciones Barfly dijo: amigos, apareció un hada y me concedió estas cuatro semillas.
Todos guardaron silencio.
Rodearon amorosamente el cuadro sobre el que Barfly estaba y le preguntaron: ¿y cuál será tu voluntad Barfly?
Les respondió: ser libre.
Colocó las semillas, una en cada esquina de su prisión. Se fue al centro y empezó a saltar desesperadamente. A los cincuenta saltos, las semillas empezaron a germinar. Treparon por los muros bellas enredaderas. Barfly, reluciente, decidió subir por la más firme de ellas. Trepó digno y seguro.
Poco después apareció Alma Enriquez y gritó: ¡Barfly se ha ido!